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Bolos Tres Tablones: sobre lo conveniente de reducir el peso y diámetro de las bolas

publicado a la‎(s)‎ 10 feb. 2014 2:17 por Óscar Ruiz   [ actualizado el 9 abr. 2018 5:24 ]
Antiguamente las bolas de nuestro juego de bolos de las Merindades eran mucho más pequeñas que las actuales. Sin embargo, desde los años 80 como consecuencia de la emigración a las ciudades (especialmente a la industrial Bilbao), el contacto con otras modalidades y sobre todo por el afán de derribar más bolos, se ha aumentado progresivamente su diámetro hasta el máximo de 28 centímetros actuales. En otras modalidades de bolas con agarradera, como el Bolo Llano Palentino o el Bolo Burgalés han ido aún más allá, con tamaños incluso mayores; sin embargo, no hay más que mirar las fotos antiguas para darnos cuenta de que también jugaban con bolas más pequeñas y que han sufrido el mismo proceso que nosotros. En cualquier caso, me centraré en los Bolos Tres Tablones.

En mi opinión habría que volver a reducir el diámetro a un máximo de 25 cm y controlar el peso de la bola, limitándolo a 5,5 kg por estética, igualdad y salud. Voy a tratar de argumentarlo, siendo consciente de que hay muchas personas que no piensan como yo.

La mejor madera para jugar a los bolos es la de nogal. Una buena bola de madera de nogal del diámetro máximo permitido por el reglamento actual de Bolos Tres Tablones, pesa en torno a los 7 o 7,5 kg que solo un porcentaje mínimo de jugadores tira por el aire, a 10 m de distancia, con facilidad (hay que tener en cuenta que un jugador tira ochenta bolas en un campeonato oficial). Como consecuencia, por razones de fuerza y resistencia, muchos jugadores se ven obligados a jugar con maderas blandas o semiblandas de chopo, alisa,… o ahuecar las bolas. El que no sea un experto, quizá no lo pueda apreciar pero la diferencia entre jugar con una bola blanda o dura es abismal. La bola dura con peso hace lo que “tú le dices” y la bola blanda en ocasiones “te la juega” y no siempre puede con los bolos. La desventaja, por lo tanto, es evidente y a los más fuertes nos beneficia; sin embargo, creo que perjudica a la mayoría y al futuro del juego, por lo que conviene reflexionar y pensar en el INTERÉS GENERAL por encima del nuestro particular.

Esta falta de igualdad actual se acabaría, si nos fijásemos en la aquilatada sabiduría de los antiguos jugadores, que vivieron un auténtica vida campesina en las Merindades y que practicaron un juego mucho más atractivo que el actual tirando, a pesar de su conocida fortaleza, con bolas mucho más pequeñas e incluso de distancias más lejanas. Era un juego más difícil pero, sin duda, mucho más atractivo y si lo recuperásemos, volvería el preciado riesgo de las blancas tan necesario y conveniente para el espectáculo y que, prácticamente, ha desaparecido entre los buenos jugadores.

Para conseguir una mayor igualdad —la segunda razón que argumentaba— se debería limitar el peso al que razonablemente pueda lanzar, al menos, el 80 % de los jugadores sin dañarse la espalda. ¿Cuál es el peso máximo adecuado de una bola para ese porcentaje de jugadores? En mi opinión no más de 5,5 kg, por lo que parece razonable, por el bien de la mayoría, fijar ese peso como máximo para poder jugar con mucho más equilibrio.

Si limitáramos el peso, asimismo habría que limitar el diámetro de la bola, teniendo como referencia la madera ideal que a todos nos gustaría tirar. ¿Qué madera es la mejor para jugar a los bolos?: ya lo hemos dicho, la del tronco o cepa del nogal que arrastra muy bien por la cureña, y ¿qué diámetro tiene una bola de nogal de 5,5 kg? No es fácil la respuesta, porque depende lógicamente de la densidad del nogal, pero aproximadamente unos 25 cm que curiosamente coincide con el diámetro máximo que tenían las bolas en el primer reglamento del año 1971.

Por lo tanto sería deseable limitar el peso a 5,5 kg y el diámetro a 25 cm y daría igual que nos pusieran bolos pesados de encina en una bolera o ligeros de avellano en otra, porque nos afectaría a todos por igual.

Alguno podrá decir que estamos regulando en exceso, y no es conveniente para un deporte rural que se ha guiado por normas consuetudinarias pero cuando la acelerada evolución de los tiempos modernos es negativa, hay que reflexionar y plantearse que tal vez puede ser conveniente, en este caso concreto, mirar hacia atrás para avanzar.

En cuanto a las mujeres, que ya están empezando a organizar campeonatos de mayores dimensiones, creo que ellas mismas se deberían plantear estas preguntas y no caer en el mismo error al que inevitablemente las conducen, por imitación, los hombres. Ellas son las que deben decidir pero, si tengo que dar mi opinión —después de haber enseñado durante años a niñas y mujeres y haber colaborado en la organización de varios campeonatos femeninos— creo que fijar la distancia de lanzamiento a un mínimo de 8 metros, limitar el diámetro a 25 cm y el peso de las bolas a un máximo de 4,5 kg igualaría el juego y lo haría, como ya he dicho para los hombres, más atractivo. Sí, repito, limitar el peso lo considero fundamental porque da una gran ventaja y si no se hace, corre el riesgo de convertirse en un juego de forzudas. Las niñas con doce años que poseen la técnica adecuada ya llegan de sobra desde esa distancia.

¿Qué beneficios obtendríamos?: más diversión, más igualdad y más salud. Además, practicaríamos un juego estéticamente mucho más atractivo tanto para los jugadores como para el público. Sería más difícil dar los bolos pero, al menos, sería igual para todos y nuestra espalda, a la larga, lo agradecería.

Alguno pensará que esto es una revolución pero, en realidad, no es más que volver a la esencia de este juego; recordad vosotros mismos o preguntad a vuestros mayores con qué bolas tiraban y coincidiréis conmigo en que eran incluso más pequeñas y de menor peso que el que sugiero. No solo el testimonio oral lo atestigua sino que tenemos libros relativamente antiguos (del año 1925 en el Valle de Mena y del año 1961 en Pedrosa de Valdeporres) que así lo confirman; incluso como ya he dicho, en el primer reglamento de la Federación Española de Bolos, del año 1971, las bolas tenían un diámetro de 25 cm.

Solo la emigración a las grandes ciudades, el contacto con otras modalidades y el empleo del moderno torno mecánico, trajo como consecuencia que se fuera aumentando el diámetro de las bolas y reduciendo, incomprensiblemente, la distancia de tiro. Es cierto que hoy en día se derriban más bolos pero la estética del juego, sin duda alguna, se ha resentido asestando un duro golpe a la gran belleza y plasticidad de este juego.

Estos argumentos que para cualquier persona pueden resultar convincentes se encuentran, sin embargo, con la razonable y entendible reticencia de muchos jugadores que tienen sus bolas privadas —con el peso y agarradera que más le gusta— y son sabedores de la INMENSA DIFICULTAD que les ha supuesto adquirirlas.

Esto se solucionaría si tuviéramos la voluntad —siendo conscientes del beneficio común— de renunciar a nuestras bolas privadas y volver a las bolas públicas. Si a la vez, abandonáramos la monotonía de los campeonatos actuales y recreásemos en los mismos toda la riqueza y diversidad de nuestro juego a mico libre, habríamos dado otro paso más, muy importante y necesario: recuperar al público.

En cualquier caso, la vida es cambio continuo y no se trata de volver a los tiempos antiguos porque sí —en el pasado hubo cosas buenas y, al contrario, cosas mejorables— sino de pararse a reflexionar y analizar adonde nos ha llevado la evolución en el tamaño de las bolas, y si realmente ha sido positiva o no.

Mi opinión ya la tenéis.

Óscar Ruiz, febrero 2014.