APROXIMACIÓN ANTROPOLÓGICA AL JUEGO DE BOLOS EN MONTEJO DE SAN MIGUEL (BURGOS) 


  Los Bolos en Montejo de San Miguel (Valle de Tobalina) 

Montejo de San Miguel es un pequeño pueblo del Valle de Tobalina con una larga tradición en el juego de los bolos (vídeo). Conserva uno de los juegos más bonitos de la comarca. Todo el juego de bolos está rodeado de una pared de piedra de más de un metro de alto rematada con unas grandes piedras a modo de encimeras y unos adornos troncopiramidales a ambos lados de las puertas, el conjunto es una interesante obra de cantería rural. Actualmente se encuentra en perfecto estado de conservación. En los meses de verano se suelen "echar partidas todas las tardes. 

Aunque actualmente se está generalizando el nombre de bolera, en Montejo de San Miguel, y en todo el entorno, a este recinto siempre se le llamó el juego bolos. 

JUGADORES. 

Después del duro trabajo en el campo, ya que todos en el pueblo eran labradores, salvo el cura D. Felipe que también era aficionado, el juego de los bolos era un momento de disfrute, un desahogo. 

Jugadores de prestigio en los años 40 fueron Acacio Salazar y Arturo Gobantes. La siguiente generación estuvo formada por Julio García, Victoriano Salazar y Eusebio Guinea y más recientemente Manolo Martínez. 

Julio García, también conocido como El Rizoso, fue uno de los mejores jugadores de la comarca, tenía un estilo elegante como pocos, levantaba mucho la bola por detrás y la lanzaba rasante con fuerza y precisión, era un espectáculo verlo jugar. En su cuadrilla, si era necesario, él era el que se jugaba el mico a calva. Realizando exhibiciones de lanzamientos a calva colocaba el mico a la sombra de un bolo, el mico estaba separado del bolo la longitud de éste, era capaz de derribar el mico sin tirar el bolo describiendo con la bola una amplia parábola. En su equipo siempre tiraba el último para organizar y aconsejar a los compañeros. Otra razón para tirar el último era su temple ante jugadas de responsabilidad para ganar un juego, necesidad de tirar el mico o volver con una "cuatrada", sus compañeros sabían que dejaban en buenas manos jugadas comprometidas y que a otros los nervios les podían jugar una mala pasada. 

Actualmente se están incorporando al juego de los bolos niños, jóvenes y mujeres lo que hace mirar el futuro con optimismo para este deporte tradicional tan nuestro. 

El juego tenía fama de ser el más largo de la comarca. Se decía que los jugadores de Montejo tenían ventaja cuando salían a otros pueblos porque al estar acostumbrados a un juego tan largo, el resto de juegos les parecían más sencillos, decían en plan jocoso y haciendo alarde de su hombría, que los juegos de los otros pueblos eran juegos de niños”. 

LAS BOLAS. 

Las bolas se las hacían los propios jugadores o alguna persona hábil en el trabajo de la madera. Como no se disponía de torno se hacían a hacha, azuela y escofina. No eran completamente esféricas y su tamaño y peso también variaba. 

Se hacían con raíz de nogal, que eran las de más calidad, también de olmo, chopo y alguna de roble, aunque estas últimas eran muy pesadas.

Cuando a una bola se le rompía la agarradera o llave, que era la zona más delicada, se le hacía un injerto de madera en la llave y se la protegía con una chapa. 

En el juego hubo alguna bola que duro muchos años y tenían su prestigio y hasta su nombre, había una a la que se le llamaba  El Mundopor ser más grande y pesada de lo normal, perfectamente esférica y con una agarradera excelente. Eran pocos los jugadores que eran capaces de manejarla. También había otra bola que se ganó su nombre propio, El Pepino”, era una bola pequeña, y aunque era de roble no era muy pesada, tenía una forma muy peculiar, un abombamiento que la hizo merecedora de ese nombre, la agarradera que tenía era perfecta. Era la bola preferida de Aureliano.

Era costumbre que cuando se iba a jugar mucho, en especial por las Fiestas de San Pedro, se echaban todas las bolas al bebedero (pilón) de la fuente de la plaza, con el fin de que las bolas se hincharan, cogieran peso, y al coger una textura más fibrosa y esponjosa aguantaran mejor los golpes para evitar que se rajaran. Esta operación no debía ser nada beneficiosa para la durabilidad de las bolas. 

LOS BOLOS. 

Los bolos se hacían normalmente de pie de olmo, olmo joven, aunque también los había de fresno y alguno de roble o encina. Tampoco los bolos eran uniformes, aunque la altura si era la misma, el grosor y el peso variaban. Aprovechando esta circunstancia los jugadores utilizaban unos u otros dependiendo de la jugada que querían realizar, como ambos contendientes tenían esta posibilidad este tipo de actuación se consideraba normal. Había algún bolo con cierta curvatura que se colocaba el primero al volver para dar mejor entrada a la bola y poder cuatrear. 

EL MICO O CUATRO. 

Era la mitad de alto que un bolo y el doble de gordo. 

El juego siempre se iniciaba lanzando “la perra” al aire (moneda de 10 céntimos de peseta, popularmente llamada “perra gorda”). El que llevaba la voz cantante del equipo que entraba se dirigía a su contrario con la moneda en la mano y le decía: “pide, cara o cruz… el que acierta arma”, y lanzaba la moneda al aire, el que acertaba plantaba el mico. Plantar el mico daba una cierta ventaja pues se podía colocar en el lugar más favorable al equipo que plantaba. Se podía plantar en cualquier sitio comprendido entre el segundo bolo y el final del juego. El mico, también llamado cuatro, podía plantarse de dos formas:

-         “con de medio”, sólo era válido el mico si se derribaba también algún bolo del tablón de medio.

-         “como se le dé”, cualquier forma de derribar el mico era válida, incluso estaba permitido tirar a los tablones laterales.

También podía darse el caso de que el equipo que plantaba quitara el mico del juego con lo que entonces se jugaba “a bolo limpio”. 

El que plantaba también podía establecer si había o no morra, que la bola debía llegar a tocar la viga del final del juego. 

En alguna ocasión se llegó a plantar el mico sobre la pared lateral izquierda del juego de bolos, y alguna vez se derribó. Con el tablón de madera las bolas deslizaban mejor y los bolos volaban a más altura y más lejos que los bolos actuales y las calles de chapa. Lo normal era dar al mico con los bolos a diferencia de ahora que lo habitual es darle con la bola. También se tiraba más fuerte y con más “estilo”. Era de una elegancia espectacular ver a algunos jugadores levantar la bola por detrás casi hasta la vertical y soltarla rasante haciendo saltar los bolos casi como en el pasabolo. Actualmente este estilo se ha sacrificado en pos de un mayor pulso con la bola. Se ha perdido elegancia y se ha ganado control. 

El mico también podía darse a calva, desde la carbonera (cas) había que lanzar la bola y que cayera justo encima del mico, los jugadores con fuerza y pulso, a veces, si el devenir del juego lo requería, realizaban esta jugada que tenía su riesgo pero también la posibilidad de conseguir cuatro puntos. En Frías y en algún otro pueblo el mico derribado en esta forma valía cinco con lo que la ventaja en caso de darle era superior. 

Una curiosidad. Hasta los años 40 y 50 se jugaba en Montejo de San Miguel y al menos en el Valle de Tobalina y Frías al juego de la calva. Consistía en derribar un cuerno de buey colocado a 15 pasos con un rodillo de piedra. Actualmente existe la Federación de Calva y se sigue jugando en muchas zonas de Castilla y León y en Madrid pero en nuestra comarca desapareció totalmente ante la hegemonía de los bolos. Se sospecha, y es una cosa que habría que investigar, que la modalidad de dar el mico a calva es una jugada que se ha trasvasado de este juego al de los bolos. 

LOS TABLONES. 

Los tablones (no se utilizaba la palabra cureña) eran de roble, estaban permanentemente a la intemperie sin ninguna protección, en invierno mucha humedad y en verano a pleno sol, ambas circunstancias no favorecían en nada su conservación, también sufrían mucho con el golpeteo de las bola, era muy habitual que los tablones tuvieran sus defectos y había que saber las zonas de las buenas pegadas para no dejarse bolos en las diferentes tiradas. Otro problema que tenían los tablones era que los cases donde se plantaban los bolos acababan convirtiéndose en un pequeño pocillo con tanto uso. Al plantar el bolo quedaba hundido en el tablón con lo que al pegar la bola ésta se atascaba y el bolo salía disparado con gran violencia y dirección imprevista poniendo en peligro a  jugadores. Para solucionar este problema en un lateral del juego de bolos había un hoyo de unos 50 x 50 cm.  con arcilla húmeda. Con la arcilla se rellenaba el cas, el bolo quedaba al aire y se solucionaba el problema. La arcilla facilitaba mucho el plantado de los bolos ya que estos no tenían anillo metálico y con el uso su base quedaba redondeada dificultando mucho su plantado. Cuando una partida era importante los bolos los plantaban los compañeros del tirador por no fiarse de que el contrincante los plantara bien y para darles la gracia necesaria según que jugada se pretendía realizar. Los tres bolos debían estar bien colocados en línea. 

Cuando los tablones estaban deteriorados, era todo el pueblo en “verea”, el encargado de reponerlos.  “Verea”, posible deformación de “vereda”, era el trabajo que hacían en común todos los vecinos dirigidos por el alcalde y que consistía en labores de mantenimiento de los caminos, fuentes, bebederos, juego de bolos y otras zonas públicas de uso común. Si un vecino no podía asistir debía pagar una cantidad de dinero ya estipulada.

El alcalde compraba un roble, o bien lo donaba algún vecino, y se arrancaba con tocón incluido. La última vez que se cambiaron los tablones fue hacia 1975 y el roble lo donó Aureliano. Una vez serrado longitudinalmente por la mitad se guardaba, al menos durante un año, tapado en un “tamo” (zona de la era donde se almacenaba año tras año la paja inservible para que se fuera pudriendo), allí el tablón se iría secando lentamente para evitar agrietamientos. En Montejo de San Miguel, como los tablones también eran más largos de lo habitual, había que hacerlos de dos piezas pues no era fácil encontrar un roble lo suficientemente largo y sin nudos. Como siempre escaseaba el dinero, se colocaba el tablón nuevo en el centro, el tablón del centro pasaba al lado izquierdo, tras haberlo azuelado rebajando la superficie unos dos centímetros para eliminar los fallos, quedaba como nuevo. Si los tablones del lado izquierdo eran aprovechables se ponían en el lado derecho que era el que  siempre estaba en peor estado por ser el que menos se usaba. Si se retiraba el tablón del lado derecho se solía aprovechar para reforzar una de  las dos vigas de los fondos del juego, la zona donde golpeaban las bolas.  Para volver lo más habitual era tirar a la mano, aunque no faltaban especialistas que solían cuatrear tirando al pulgar a la vuelta. 

El día 12 de septiembre de 1989 se colocó en el juego una enorme chapa en la que se han marcado los tres tablones y los tres tacos para el mico. Con esta obra se ha conseguido que el juego esté siempre en perfecto estado, que no haya fallos en las pegadas de las bolas y que la salida de éstas hacia el mico no se vea afectada por las irregularidades del terreno. En estos 23 años no ha habido que realizar ninguna labor del mantenimiento salvo pintar la chapa con fines estéticos. Así mismo también se conservan desde esa fecha los 20 bolos de teflón que están dando muy buen resultado. La poca durabilidad de los tablones de madera, su reposición y mantenimiento era un freno para poder practicar este juego con unos mínimos de calidad. Aún así queda la añoranza de los tablones y los bolos de madera. 

LOS CHAVALES. 

Al lado del juego de bolos de los mayores había uno para los chavales. Estos jugaban a los bolos, y jugaban “a mayores”, imitaban a estos en los comentarios de las jugadas y en lo que hubiera pasado si la bola hubiera pegado un poco más  acá o más allá. También hubo otro juego de bolos de chavales detrás de la casa del cura y se llegó a hacer otro en el camino que hay entre el monte y la huerta de los Villarias, otro en el camino de “Naval”, encima de El Cercado, pegando al monte. Estos juegos nunca estuvieron funcionando simultáneamente. A los chavales que jugaban bien y estaban en edad de ir a la mili,  los mayores les solían dejar jugar cuando no había jugadores suficientes para completar una partida. También era habitual que los mozos aprovecharan que el juego de bolos estuviera libre para echar partidas entre ellos. Si llegaban mayores podía darse el caso de que estos se quedaran de espectadores  aconsejándoles en técnicas y estrategias de juego, o bien les apremiaban a que dejasen el juego libre lo antes posible. Los bolos era la gran afición de los niños y jóvenes, a imitación de los mayores. 

LAS PARTIDAS. 

No siempre era posible echar una partida de cuatro a cuatro debido a la falta de personal. Cuando llegaban los primeros jugadores se preparaba una partida de mano a mano o de dos a dos, tan pronto como se oía en ruido de bolas y bolos iba aumentando la concurrencia y ya se podían organizar partidas de cuatro a cuatro. Lo habitual era organizar partidas equilibradas en cuanto a la calidad de los jugadores para darle más emoción al juego. Las partidas se jugaban a tres juegos ganados si no se decía nada en contra. 

Los días de fiesta después de Misa, con gran expectación, siempre se jugaba a los bolos y se sacaba una botella de vino blanco por partida, se bebía en porrón y tanto podían beber los jugadores como la gente del público. Los perdedores pagaban el vino y se salían del juego, un nuevo equipo se enfrentaba a los “gananciosos”. 

A finales de los cincuenta cerró la única taberna del pueblo y el vino para el juego lo solía poner el abuelo Alberto. 

EL RUTE. 

En las partidas más populares e informales también podía jugar alguna persona mayor en cada equipo que por no llegar al tablón se les permitía tirar al “rute”. Consistía en que el jugador lanzaba la bola rodando prácticamente desde los mismos pies intentando encarrilar la bola en el tablón. Para volver se tiraba la bola desde el lugar donde se había parado. Si no lograba pasar todo el tablón tiraría justo desde el mismo morro de éste. A la ida la jugada solía ser pobre, pero a la vuelta las posibilidades de cuatrear, al tirar de tan cerca, eran mayores. Este modo de juego, no muy habitual, animaba y creaba un ambiente especial y desenfadado en el público asistente. No todos los jugadores veteranos que no llegaban practicaban esta modalidad por considerar que era rebajarse, preferían no jugar. 

LAS FIESTAS. 

En las fiestas los mozos montaban una taberna y eran los que abastecían de vino a las partidas que se organizaban. Era habitual que cuadrillas de jugadores de todos los pueblos de alrededor quisieran medir sus fuerzas con las de otros pueblos. “Una fiesta sin echar una partida de bolos no era fiesta.” En estos días la bolera se gestionaba del modo llamado “vino arriba”, una especie de subasta en la que jugaban los que más vino apostaban. 

Terminada una partida  los perdedores pagaban y se salían del juego, las cuadrillas que estaban esperando pujaban por entrar a jugar apostando “cuartillos de vino”, el que más cuartillos apostara jugaba con los gananciosos, salvo que estos no aceptaran la apuesta con lo que tenían que salirse del juego y otra cuadrilla aceptaría el reto. 

Un cuartillo de vino equivale a medio litro. El nombre de cuartillo le viene porque es una cuarta parte de azumbre, que son dos litros. El azumbre era una medida anterior a la implantación del sistema métrico decimal. 

La cantidad de vino apostada se sacaba para ser bebida por los jugadores y el público. En muchas ocasiones no se consumía todo lo apostado, entonces se pagaba lo consumido y un tanto por ciento de lo no consumido. 

En una ocasión en la fiestas de San Pedro, la cuadrilla de Montejo de San Miguel (Julio García, Victoriano Salazar, Eusebio Guinea y Julio España (El Rojo Cebas) aceptaron y  ganaron una apuesta de “200 kilos de vino”, frase textual que pronunciaron los contrincantes. Los contrincantes fueron una cuadrilla de Frías entre los que se encontraban Manolete y El Rubio de Tobera. Comentaban que los perdedores andaban con problemas para pagar en la cantina la deuda que habían contraído en la apuesta. Aunque la frase “200 kilos de vino” suena a fanfarronada y no fuera habitual utilizar esa expresión, también puede tener su explicación, en aquella época el vino se vendía en pellejos (odres) y como en éstos su capacidad variaba de unos a otros y los vinateros no disponían de medios para calcular la medida exacta de vino que contenía cada pellejo solucionaban el problema pesando el pellejo lleno y descontando el peso del envase, un kilo equivalía a un litro aproximadamente, por tanto también se vendía el vino a peso. Con la generalización posterior de los garrafones de 16 litros (una cántara) se solucionó la necesidad de pesar el vino. 

 Los pueblos que tenían cantina solía ser ésta la que contrataba con el pueblo la explotación del juego de bolos. También había cantinas que tenían bolera propia. En Montejo de San Miguel, en el año 1944 la familia de Amancio Martínez abrió una cantina en el cruce de la carretera, en La Casa de La Rampa, y estuvo funcionando hasta 1955 y tenía un propio juego de bolos. 

VOCABULARIO, DICHOS Y ANÉCDOTAS. 

Con la nueva reglamentación, medidas, distancias, normas,  vocabulario… se han perdido las peculiaridades propias de cada comarca, de cada pueblo aunque esta unificación de criterios era imprescindible para que el juego de los bolos se pudiera mantener en el tiempo y pudiera tener  futuro. 

Agarradera o llave: parte de la bola en la que el jugador introduce su mano para lanzarla. 

Subir o ida: primera de las dos tiradas que se realizan en cada jugada. 

Bajar o volver: segunda de las tiradas que se realizan en cada jugada. 

Blanca: lanzar la bola y no tirar ningún bolo. 

Carbonera: cada uno de los extremos del juego, lugar de donde se tira. 

Cas: lugar de lanzamiento y también el punto donde se plantan los bolos.

Cornear: los bolos de uno de los tablones derriban algún bolo de otro tablón. 

Machacar: cuando la bola cae sobre el bolo y este la atasca y desviándola de su trayectoria. 

Morra: bola que no llegaba a pegar en la viga final. Esta bola no podía tirar a la vuelta. En algún pueblo del entorno al que daba morra al bajar se le sumaba un bolo, pero si también daba morra al subir se le descontaba. Se daba la curiosa situación de que un jugador daba morra a la ida, se le sumaba uno, volvían los compañeros y si ganaban con el número exacto de bolos, el que había dado morra estaba obligado a tirar porque si daba otra morra se le descontaba uno con lo que el juego quedaba empatado, o si los compañeros habían empatado,  podían perder el juego si daba otra morra. 

Tablón o calle: cada una de las tres líneas de madera o chapa donde se plantan los bolos. 

Viga: maderos colocados en los dos extremos del juego para parar las bolas.

Salvo que haya empate, el juego se compone de dos tiradas por cada equipo, la primera se decía que era a llevar” y la segunda “a poner o a ganar”.

Cuando un jugador lanzaba una bola de forma defectuosa se decía que se le había “agarrado o enganchado” al no haber soltado la agarradera a tiempo.

En ocasiones, cuando un jugador estaba concentrado porque necesitaba hacer una buena tirada para ganar siempre había alguien en el público que hacía algún comentario en alto que ponía a prueba el temple del jugador: “ahora que le hacen falta no los ha de caer”, o “a este no se le escapan”. Era muy habitual que en estas circunstancias alguien dijera desde el público “un duro a tres” (un duro = a 5 pesetas) a lo que el jugador o ignoraba la apuesta y tiraba, o parando el juego aceptaba el reto diciendo “échale”, ambos echaban el duro al campo de juego y se realizaba la tirada. En más de una ocasión el jugador respondía con un “que sean cinco” o “que sean veinte” con lo que el espectador entrometido solía recular haciendo el ridículo ante la gente. Estas interrupciones se aceptaban si venían de parte del público, sin embargo, no estaban bien vistas si las hacía un jugador contrario. 

Cuando a la ida un jugador hacía una buena jugada y a la vuelta daba blanca se le solía aplicar el refrán: “el que mucho almuerza poco come”. 

Cuando llegó la nueva reglamentación y en tiempos de cosecha si uno pegaba morra, la bola se le había quedado baja, se solía decir: “levanta el corte”, haciendo referencia a  las cosechadoras, puesto que la mayoría eran labradores. 

“Ha pegado fuera de España”, se decía cuando algún principiante ni siquiera pegaba en el tablón. 

Era frecuente que el jugador demandara que se le plantara bien algún bolo por estar inclinado o fuera del cas, se solía decir “planta bien el segundo bolo (o el que fuera) que parece que mira contra el gobierno”. 

Julio García solía decir a los que tiraban la bola con un estilo poco grácil  o nada ortodoxo “parece que tiras de mala gana”.

Cada jugador tenía sus muletillas, algunos decían “mala” cuando en realidad veían que iba muy bien tirada. Otros animaban a la bola una vez lanzada: “hala, bonita”. 

En algunas jugadas en las que los bolos salían volando fuera del juego era frecuente escuchar que  “fulanito valía para el pasabolo”. 

A veces se había ganado el juego sin necesidad de que tirasen todos los jugadores se decía que el resto de compañeros habían vuelto “con las bolas al hombro”. 

A los más nuevos o inseguros se les aconsejaba: “tira a la punta del primero” o bien “dale en las costillas al primero que ahí no cría pelo”.

En algunas ocasiones el jugador se lamentaba de haber tirado sólo dos y siempre había alguien que le consolaba con la frase “el dos nunca pierde”.

En los días de tormenta, en las casas, a la luz de las velas, porque en estas circunstancias se iba la luz con mucha frecuencia, entre truenos y relámpagos que parecía que se avecinaba el fin del mundo, las madres trataban de calmar a los niños y desdramatizar la situación diciéndoles que no pasaba nada, que eran “los angelitos que estaban jugando a los bolos”. 

Con la llegada del invierno se jugaba menos por el frío, por encontrarse el juego embarrado y por ser las tardes más cortas. 

Las bolas y los bolos se guardaban en el "alagar" de Aureliano (lagar en el que hubo una prensa de chacolí) para protegerles de la intemperie. 

Cuando se hacía acopio de leña se estaban pendiente de si algún palo podía valer para hacer un bolo, era la forma de reponer los que se rompían. Los bolos y las bolas se mantenían con la colaboración de todos. 

Con la emigración de la gente a las zonas industriales urbanas entre los años 50 y 70, comenzó la decadencia de los pueblos, de su cultura rural de sus tradiciones, el descenso de la población fue brutal acompañado de un progresivo envejecimiento de ésta. Los bolos también sufrieron esta decadencia, el juego se fue deteriorando, los tablones estaban prácticamente inservibles y las paredes se estaban derrumbando. 

A finales de los setenta, con la mejora del nivel económico general  y el retorno masivo de los emigrantes para veranear, se fue recuperando la tradición de los bolos y se comenzó a restaurar el juego. 

Los campeonatos se comenzaron a realizar con la nueva reglamentación, que llegó muy tarde, a finales de los setenta. Tenían un carácter muy reducido pues venía poca gente de fuera a jugar y en algunas ocasiones sólo era para jugadores locales. 

LOS BOLOS HOY. 

En el mes de agosto todas las tardes se organizan partidas de bolos. 

Actualmente se lleva acabo un evento deportivo de gran envergadura, las 24 HORAS DE BOLOS acontecimiento sin parangón dentro de esta modalidad de bolos. Se llevan a cabo el primer fin de semana de agosto, de las doce del mediodía del sábado a las doce del mediodía de domingo, casi ininterrumpidamente. A lo largo de este evento se llevan a cabo cuatro competiciones: Campeonato Individual, Campeonato de Parejas, Campeonato de Cuatro por Cuatro y Campeonato de Mico a Calva. Este último campeonato es único en todo el circuito de campeonatos de la modalidad y es un activo importante en el mantenimiento de una tradición casi perdida. A altas horas de la noche del sábado se juegan partidas libres y desafíos entre equipos. 

Las 24 HORAS DE BOLOS se programaron como colofón a un ambicioso proyecto que se llevó a cabo bajo el nombre MONTEJO 2000 y que contemplaba varios proyectos de recuperación de patrimonio, proyectos medioambientales, culturales y etnográficos. MONTEJO 2000 recibió en 2º Premio a la Conservación del Patrimonio Rural por parte de la Diputación. 

En el año 2000 se celebró la 1ª Edición con gran éxito de participación. 

El nivel de los premios que se entregan es elevado y desde la 1ª edición se entregan haciendo subir a los jugadores a un podio, dignificando así a los ganadores y a la ceremonia en si. Como colofón a este evento se juega la Final del Campeonato de Cuatro por Cuatro en una partida a tres juegos ganados que siempre resulta espectacular. Ante la buena acogida que sigue teniendo este acontecimiento entre los aficionados y a pesar del gran esfuerzo organizativo que este evento representa, ya estamos programando la 13ª Edición para los días 11 y 12 de agosto de 2012. 

En las Fiestas de San Pedro se organiza un campeonato masculino y otro femenino para jugadores y jugadoras locales. 


Nota:

 Este documento ha sido elaborado por Julio Alberto García Martínez para el MUSEO ETNOGRÁFICO de Montejo de San Miguel (Burgos) y ha sido supervisado por los hermanos Manolo y Avelino Martínez. Para la reproducción total o parcial de este documento hay que solicitar permiso a:

 MUSEO ETNOGRÁFICO.

Asociación Cultural TRÉBEDE

C/ La Bolera, Nº 18.  09211 MONTEJO DE SAN MIGUEL

Valle de Tobalina (BURGOS).

www.museomontejo.com

 

Montejo de San Miguel, a 12 de enero de 2012