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Los "juegabolos" de las Merindades: ¿madera o metal?, ¿cemento o tierra?

publicado a la‎(s)‎ 26 mar. 2014 10:36 por Óscar Ruiz   [ actualizado el 23 sept. 2017 2:51 ]
Se utiliza también juego de bolos pero la palabra “juegabolos”  es la más común para referirse al terreno en donde se juega a los bolos, al menos en el norte de la provincia de Burgos. No la encontraréis en el diccionario de la Real Academia, pero es un sinónimo de bolera, término moderno y, actualmente, generalizado. 

Algunas personas me han preguntado sobre qué tipo de bolera hacer: tradicional, moderna o mixta. Desde luego no es una fácil decisión porque depende de factores económicos, estéticos, prácticos o, incluso, sentimentales.

Hay múltiples tipos de boleras - decenas de ellas lastimosamente estropeadas y medio abandonadas, con vallas anti estéticas y cementos de pésima calidad - pero vamos a analizar someramente cuatro boleras que representan, a grandes rasgos, la evolución del juego, desde la sencillez a la sofisticación. 

1.- Juegabolos de Busnela (Merindad de Valdeporres), de una sola cureña de madera.

Tierra y madera constituyen la esencia tradicional y básica de nuestro juego en las Merindades. Quedan muy pocas boleras así pero, en realidad, es todo lo que se necesita para echar una partida divertida y competida. Vosotros mismos podéis intentar hacerla con una viga vieja. Solo hay que nivelar bien el terreno y hacer tres pequeñas muescas en las que sujetar los bolos con arcilla. Recuerdo que unos cuantos amigos construimos así nuestro "juegabolos" en el pueblo de El Rebollar (Merindad de Sotoscueva) con una traviesa del tren de La Robla y pasamos algunas tardes memorables, en los veranos de nuestra adolescencia. 

Otra sencilla opción es encargar una cureña de madera adecuada y convenientemente tratada, con las medidas reglamentarias (420x40 cm) y una altura mínima de 20 cm. Así se lo están planteando en Peñalba de Manzanedo con su alentadora propuesta de recupera el juego de bolos de una sola cureña que siempre hubo en su pueblo. 

En este juego es donde menos sufren las bolas pero tiene el inconveniente de que las cureñas se deterioran con los constantes golpes y las inclemencias del tiempo; por lo tanto, requieren un mantenimiento. Muy buena idea es la que han tenido en Dosante, una cureña de madera tropical encastrada en un perfil metálico que han sabido proteger adecuadamente.

También, si se quiere evitar el mantenimiento, se puede optar por poner una única cureña metálica como hizo en su día Ahedo de Linares

La manera de jugar sobre hierro o madera varía ligeramente. Para jugar bien sobre una cureña metálica basta con tener buen pulso  pero para hacerlo sobre una cureña de madera,con el inevitable deterioro que sufren, además de tener buena puntería y temple hay que saber “doblar los riñones”, "soltar" la bola con fuerza y “coger los bolos al aire”, algo que sabían hacer muy bien nuestros mayores y que hoy es difícil de ver.

2.- Juegabolos de Quintanilla de Sotoscueva (Merindad de Sotoscueva), de tres cureñas de madera.

Es un paso más en la evolución y muchos pueblos, que tenían una sola cureña, empezaron a instalar tres, allá por los años 60 y 70. Este aumento permite, sin duda, una variedad mayor de jugadas (cuatrear,…) pero no es imprescindible porque lo esencial para desarrollar el juego es la cureña central. Los que jugamos habitualmente en boleras de tres tablones, renunciamos los días de mucho viento a jugar con las cureñas laterales y nos limitamos a plantar con arcilla solo los bolos de la cureña de en medio.

Hoy en día quedan muy pocos "juegabolos" que pongan cureñas de madera pero nos parece una opción muy interesante y atractiva aunque, antes de hacerlo, hay que ser consciente de que será necesario una labor de mantenimiento. La Parte de Sotoscueva, por ejemplo, las han instalado con gran mérito recientemente y también Ahedo de las Pueblas cuyo "juegabolos" es representativo de cómo han evolucionado muchas boleras de una a tres cureñas.

Haya y roble sin tratar eran las maderas más empleadas antiguamente como cureñas pero, con el tiempo, se abrían (“se esbringaban”) -  el roble más que el haya - debido a los contrastes de humedad que sufrían al mojarlas para jugar. Actualmente se emplean también maderas tropicales que resisten bien a la intemperie si están correctamente tratadas. En cualquier caso, cada pocos años, las cureñas deben levantarse, cepillar convenientemente la madera deteriorada y volver a asentarlas. 


3.- El juegabolos de Montejo de San Miguel, de cureñas metálicas silueteadas sobre una sola chapa y tierra.

Leamos lo que nos dice Julio Alberto García Martínez, uno de los artífices del importante concurso de bolos denominado “Las 24 Horas de Bolos de Montejo de San Miguel” (Asociación Cultural TRÉBEDE: www.museomontejo.com ) : 

“La chapa de nuestro juegabolos mide 8 m. de larga por 3 m. de ancha. El grosor es de 2,5 cm. Se colocó en el juego en 1989. Está asentada sobre arena sin ningún tipo de caja. 

La colocación de la chapa, sin duda ninguna fue la mejor inversión que hizo el pueblo para el mantenimiento de los bolos. Tras veinticinco años con la chapa no ha habido que realizar ningún tipo de mantenimiento… Si no hubiera sido por la chapa, imagino que el juego de bolos estaría abandonado. Tampoco convencían las chapas individuales para cada tablón que se ponían en otros juegos; se movían, se desequilibraban, se ahuecaban... todo problemas. Creo que la chapa única es la mejor solución, y sobre todo para los pequeños pueblos que no disponen de personal para llevar el mantenimiento. El resto del juego es de tierra y en primavera se llena de chiribitas, una maravilla. Esto nos ha venido bien para mantener la tradición de tirar al mico a calva.

Recuerdo con añoranza cuando los tablones eran de roble y los bolos de madera, pero era inviable su mantenimiento”.


4.- Bolera de Medina de Pomar, de cureñas metálicas y cemento pulido de gran calidad. 

Este tipo es el de todas las boleras federadas de Madrid, Burgos, Vizcaya y Álava. Unas pocas boleras como Miranda de Ebro o Vitoria tienen una sola chapa gigante, pero la mayoría emplean tres chapas pequeñas para las cureñas y una más grande para la salida de las bolas hacia los cases de los micos (pintada de blanco en la foto que se muestra de la bolera de Medina). Algunas boleras de las Merindades como las de Pedrosa de Valdeporres, Villarcayo (a principios del siglo XX, Villarcayo tenía en el Soto un "juegabolos" de una sola cureña de madera) , Quincoces de Yuso, etc. y las más recientes de Villalba de Losa o Arroyo de San Zadornil, construidas estas últimas con subvenciones de fondos europeos, siguen este patrón. 

Tanto desde el punto de vista práctico (no se deterioran las cureñas) como desde el punto de vista técnico (superficie totalmente lisa)  es, sin duda, un avance importante, máxime cuando se trata de boleras en las que se juega habitualmente. 

Tienen el pequeño inconveniente de que no se puede jugar a calva (las bolas se romperías contra el cemento) y que las cureñas, al ser pequeñas, se descolocan ligeramente con el uso. Por otra parte, las bolas cogen una velocidad excesiva al deslizarse sobre el cemento, lo cual obliga a habilitar un foso o un buen sistema que las frene en ambas cabeceras. 

Julián López, presidente de la bolera el Pinar, nos comenta cómo se hizo la bolera de Medina de Pomar: 

El grosor de las chapas (cureñas metálicas) es de 2,50 cm. y el tipo de cemento el más fuerte. La goma sobre la que se asientan las chapas es de cinta, con lona en el centro de un centímetro de grosor. La anchura de la goma es de 39 cm y el largo lo que mide la cureña: 420 cm. En principio se hace la caja en donde se pondrán las cureñas de chapa. Sobre esa base se hace el suplemento en donde se pondrían las cureñas; después se pone la lona anteriormente dicha. Sobre la lona se ponen las chapas y unos ángulos de 8 centímetros alrededor de cada chapa. En la salida de la chapa central, es decir, en la chapa en donde se colocan los micos que es algo más delgada (1 cm. de grosor), se pone cemento en el centro, y se espera a que se seque para que, cuando se ponga la chapa encima, se pueda asentar bien. Rellenamos después los espacios entre las tres cureñas dejando todo aplomado. Hay que hacer todo esto con mucho cuidado, porque después es difícil reparar los fallos”. 

La bolera del Parque Arriaga, en Vitoria, también es de cemento pulido y metal; en este caso, se trata de una sola chapa gigante en la que se dibujan las cureñas (la mejor opción sin duda pero también la más cara). Miguel Ángel Martínez nos indica cómo asentaron la chapa: 

“Primero se hizo una base de hormigón. Segundo se echó una capa de arena prensada para evitar posibles burbujas y, sobre ella, se puso una goma dura de 2 cm. de grosor. Finalmente se colocó la chapa, soldándola a un ángulo de hierro que la rodeó y que estaba recogido o empotrado en el hormigón de la primera base”.


Como habéis podido leer, estas cuatro opciones que hemos analizado son interesantes y os pueden servir de referencia. Si tuviera que hacer o reformar un juegabolos, a la hora de decidirme, tendría en cuenta si la bolera fuera a construirse en un barrio, polideportivo, etc. o por el contrario, en el centro de un pueblo con encanto como son los pequeños pueblos de las Merindades. En este último caso, pensando en la estética, me decantaría - consciente de lo dificultoso de las labores de mantenimiento – por la opción de hierro y tierra de Montejo reduciendo el cemento a su mínima expresión, es decir, a una necesaria pequeña franja en los cases de tiro. Esta es una opción que, en mi opinión, combina muy bien modernidad con tradición. Las bolas sufren menos porque se van frenando solas con la tierra. Tendría, asimismo, cuidado de incluir, sobre el hormigón de base, una buena goma dura de caucho de al menos un centímetro para que amortigüe los golpes de las bolas sobre la cureña y evite su bote excesivo porque si la asentamos sobre arena, aunque sea muy fina y compactada, las cureñas siempre se ahuecarán un poco a la larga y hay que intentar evitarlo. Dejaría, asimismo, romos y sin filo los bordes de la chapa para prevenir malas pegadas que puedan dañar las bolas y dibujaría con una máquina radial las tres cureñas. También pintaría una pequeña franja blanca de un par de centímetros delante de la cureña, acercándome solo a medio centímetro de la línea de morra que debería quedar totalmente despejada.

El problema es su precio porque una plancha de 8000x3000x25 milímetros como las de Montejo, Vitoria o Miranda de Ebro pesa más de 4000 kilogramos y no es barata ; además, requiere un transporte especial. En cualquier caso si se coloca adecuadamente, al no requerir mantenimiento, es una inversión a largo plazo. En esta misma línea, una opción nada desdeñable y más económica, son las cuatro chapas de Quintanilla del Rebollar. Se asentaron en 1977 directamente sobre tierra, igual que en Montejo de San Miguel, y se han levantado en muy pocas ocasiones pero volver a nivelarlas es una tarea que no resulta nada fácil. 

Se escoja una u otra opción lo importante es jugar y, como ya os he comentado, con una simple viga vieja desechada podéis hacerlo recuperando de esta manera un juego muy divertido que es una auténtica joya de nuestro patrimonio cultural inmaterial. No podemos ni debemos malgastar el dinero haciendo una bolera excelente que solo sirva de museo, sino que hay que jugar en ella e implicar, en la medida de lo posible, a todo el pueblo para que participe en un proyecto colectivo.  

Óscar Ruiz, marzo 2014.