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Los bolos son diablos. Un relato apócrifo sobre los Jueces de la primitiva Castilla

publicado a la‎(s)‎ 10 feb. 2014 4:25 por Óscar Ruiz   [ actualizado el 21 abr. 2016 10:49 ]
Cuando escuché este relato, lo atribuí a una de tantas leyendas fabulosas que abundan en la Vieja Montaña pero me inquietó el énfasis que destilaba cada una de las palabras del noble anciano mientras, paciente y de tanto en tanto, tallaba un intrincado laberinto en su cayado de fresno. 

Así me decía a la entrada de la lúgubre cueva que le servía de morada: 

“Cuentan hombres dignos de crédito que aconteció, en un tiempo muy remoto y nebuloso del Medievo, un hecho singular que impactó a unos rudos y aguerridos caballeros. Hacía más de una centuria que la audacia invasora de Tariq había duramente apesadumbrado a los próceres visigodos, y la sombra de la media luna se cernía por doquier; sin embargo, frente a ellos y en unas remotas tierras de las Montañas del Norte, sus pobladores resistían a duras penas. Los árabes, ávidos de botín, protagonizaban razzias cruentas un estío tras otro. Atravesando una sinuosa garganta entre las montañas, saqueaban valles, quebrantaban pueblos y arruinaban cosechas mientras sus moradores, impotentes, se refugiaban en la espesura de los bosques más escabrosos. Era preciso detenerlos y hacía falta un grupo de hombres de singular valor que pudiera hacer frente, en lo más angosto del desfiladero, al altivo 
ejército que combatía - barruntaba más de uno - con la ayuda de Alá el Más Grande.

Los hombres más sabios, reunidos bajo un sagrado tejo, indecisos dudaban entre dos prudentes guerreros y seducidos por las indicaciones de un venerable ermitaño, optaron porque la templanza demostrada en su juego preferido(los designios de Dios son inescrutables), decidiera su liderazgo.

Colocaron enhiesto un lánguido bolo de avellano frente a una estrecha y profunda sima. Vencería el primero que, tras derribarlo con robusta bola, consiguiese que se abismase por la tenebrosa abertura y, en caso de empate, el que tuviera el suficiente valor para recuperarlo de las profundidades.

Tras precisos impactos que asombraron a aquellos esforzados y curtidos hombres, los dos - Laynus y Nuño que así se llamaban - consiguieron impeler su bolo hasta la oscura grieta pero, cuando se disponían a descender al abismo, el sonido de un lejano cuerno les avisó de la cercanía del peligro. 

Con presteza dirigieron sus huestes hacia el desfiladero y, cual cónsules romanos, batallaron codo con codo, con incombustible denuedo, durante dos días y dos noches rechazando a los sarracenos.

Una inquebrantable amistad, fruto del peligro compartido, surgió entre ellos. Gobernaron conjuntamente con tanta ecuanimidad que empezaron a ser reconocidos más por la equidad con la que impartían justicia que por sus pasadas hazañas guerreras. Sin embargo, un claro atardecer de mayo, cabalgaban cerca de la sima y,más por probar su valor que por alterar el statu quo con el que tan conformes estaban, decidieron recuperar los bolos de las profundidades.

Prepararon luengas escalas y descendieron en la oscura torca con el mismo coraje que habían demostrado en las batallas. 

El sol se puso, las estrellas sembraron el cielo en una dulcísima noche pero los héroes... no regresaban. La espera se hizo tensa, los gritos con que los llamaban sus mesnadas al amanecer devolvían un silencio angustioso. Cabizbajos, acudieron ante el venerable anciano que tal prueba les aconsejara pero, súbitamente, desvaneció su vetusta imagen en parva de cenizas (mors certa, hora incerta) ante el hondísimo estupor de aquellos corazones aguerridos.

Desde entonces (dicen que los bolos son diablos), nunca más se supo de aquellos famosos jueces y, como el mar que todo lo arrastra y el tiempo que todo lo muda, salieron del río de la historia y entraron en el de la leyenda”. 

Óscar Ruiz, septiembre 2013.