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Cuartillos: vino y dinero

publicado a la‎(s)‎ 31 dic. 2018 2:48 por Óscar Ruiz   [ actualizado el 18 feb. 2019 2:24 ]
En tiempos pasados, los bolos era un negocio importante para los taberneros porque las apuestas de cuartillos de vino eran muy frecuentes. En aquellas ocasiones en que la bolera del pueblo se subastaba al mejor postor, las tabernas solían pujar por quedarse con su explotación.

No todo se solía beber en vino. Una cosa es un cuartillo como medida de capacidad (aproximadamente medio litro) y otra es el valor económico que se le pudiera dar. En los años 80 se solía valorar el cuartillo a peseta e incluso a 1,25 pesetas (en este último caso, 1 peseta era para el ganador y 25 céntimos para el tabernero) pero he recogido testimonios de tiempos más antiguos en que el cuartillo se valoraba a real (es decir a 25 céntimos).

De todas las maneras, lo de apostar dinero se solía perseguir y, a veces, se prohibía expresamente como se puede apreciar en este documento de 1944 en el que se saca a subasta el juego de bolos de Cidad de Ebro.

Incluso en algunos pueblos, el mismo tabernero tenía su propia bolera privada y aportaba las bolas y bolos para el juego de sus clientes. Esta imagen que muestra uno de los “juegabolos” de Puentedey, propiedad del recientemente cerrado bar de Victorino, es un claro ejemplo. Junto a la “cureña” se ve a Ángel María Sainz con una bola en la mano, hacia 1950. Dos datos interesantes se pueden apreciar: la cureña era muy estrecha y las bolas mucho más pequeñas que las actuales.

Un jugador de Pasabolo Tablón podrá pensar, al ver un solo tablón, que se trata de su juego pero la presencia del “mico” le confundirá. En realidad, corresponde al actual juego de Bolos Tres Tablones pero con una sola “cureña” como era habitual en numerosos pueblos de las Merindades. En boleras como esta podías jugar a lo que quisieses: a bolos con el mico, a pasabolos, a mico a calva,… pero siempre tirando desde el “cas”; es decir, con un solo paso y sin la carrera que habitualmente hacen en Pasabolo Tablón. Al que le tocaba plantar podía escoger entre un múltiple abanico de posibilidades, en las que el ingenio y el estudio del rival, eran puestos a prueba. Por eso, yo siempre insisto en que las partidas libres son lo más divertido de los bolos porque, en ellas, vuela la imaginación mientras que en la mayoría de los campeonatos se cortan las alas.

Óscar Ruiz, diciembre 2018.