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Muerte de un jugador

publicado a la‎(s)‎ 12 feb. 2019 5:23 por Óscar Ruiz   [ actualizado el 12 feb. 2019 10:23 ]
No es lo mismo jugar a los bolos que ser “jugador”. Cualquiera puede jugar a los bolos pero ser “jugador” es otra cosa; la palabra, en las Merindades, adquiere un valor cualitativo que solo los entendidos manejan con propiedad. Alude a alguien que no solo juega sino que lo hace bien: “ese que tira es jugador” se suele afirmar ponderativamente. 

Fulgencio Solana Fernández, natural de Espinosa de los Monteros, tenía sin duda tal condición. Murió en 1889 con tan solo 27 años, en Sestao. La causa: el impacto de una bola. El origen de la tragedia: una distracción.

La noticia aparece en periódicos de la época, al menos en El Eco Nacional y en La Iberia y también es recogida, recientemente, en la pág. 45 de un artículo de José Ignacio Homobono: Los bolos a katxete en Barakaldo y en la zona minerofabril (1865-2014), quien nos precisa, —citando el libro de Eleuterio Gago: Cien historias de la historia de Sestao. Bilbao. 1995: págs. 446-447— que estaban jugando a otros bolos distintos del katxete, en concreto al pasabolo y que este accidente se produjo en el carrejo de la Vega Nueva “Donde un inmigrante de Espinosa de los Monteros y afincado en Bilbao, Fulgencio Solana, que había ganado una puesta que se disponía a recoger, cruzó el campo de juego con tan mala fortuna que su cabeza quedó destrozada por la bola lanzada por Antonio del Hierro, su amigo y paisano”.

La noticia produce perplejidad, extrañeza. Piensas que tal vez, por desconocimiento, no hayan sabido transcribir con precisión lo que realmente ocurrió. Que lo que lo mató, en realidad, fue uno de los bolos que salió volando y no la bola. Sin embargo, las tres fuentes coinciden en que fue la bola y además, ahondando en la fatalidad, que la lanzó su amigo.

¿Cómo pudo ser entonces? Puestos a hacer cábalas pienso que el impacto no fue tras lanzar la bola sino en el desplazamiento previo de la bola hacia atrás, en el que se produce también una gran aceleración. Me imagino al joven espinosiego presto a tirar y escuchar a sus espaldas: “Un duro a tres a la viga”. Volverse seguro de sí mismo y, como templado jugador, aceptar. Tirar, ganar la apuesta y disponerse ufano a cobrarla. Mientras tanto, Antonio iniciaba su tirada y Fulgencio que, ajeno a su triste sino, estaba tras su amigo recogiendo aún el dinero, se volvió —fatalmente ensimismado en su victoria— en el preciso instante en que aquel desplazó la bola hacia atrás con violencia, recibiendo el terrible impacto.

Creo que debió de ser así. Creo, además, que no estaban jugando al Pasabolo Tablón actual en donde el jugador coge carrera, se acerca a la “cureña” y lanza la bola a ras de suelo sino que debían estar jugando al pasabolo antiguo que 
se jugaba en el norte de la provincia de Burgos antes de que el Pasabolo Tablón, que es una evolución más “moderna” de aquella vetusta manera de jugar, lo desplazara. Es decir, a un juego a pie quieto sin carrera en el que se tiraba la bola por el aire desde el “cas”, semejante en su ejecución al actual juego de Bolos Tres Tablones (una manera de jugar al pasabolo ya perdida que, por cierto, debo de ser el único que aún la practica y que os animo a probar). La emigración que tanto contribuyó al desarrollo industrial de Vizcaya, fue probablemente la responsable de que este juego antiguo se difundiera, sobre todo, en la margen izquierda del Nervión. Aún así, aunque fuera a este tipo de pasabolo, también parece imposible que recibiera un impacto en la cabeza tras lanzar la bola porque su trayectoria apenas excede de la altura de la cadera.

Las noticias antiguas que nos llegan de los bolos tienen que ver con multas o reyertas (nunca falta algún navajazo) pero es muy raro encontrar una noticia con estas fatales consecuencias. Sin embargo, los bolos, como cualquier deporte, tienen un cierto nivel de peligrosidad si no se tiene una mínima precaución. Es lo primero que enseño a los niños. Es muy importante, por lo tanto, recordar que cuando se está dentro de la bolera, hay que saber dónde situarse y, sobre todo, estar atentos al desarrollo del juego.

No hará más de tres o cuatro años, contemplaba cómo jugaban unos chavales a los bolos en un pueblo cercano al mío. Estaba plácidamente sentado en un banco de madera junto con otras personas del pueblo 
atentos todos a un joven que se disponía a tirar cuando una niña de no más de seis o siete años, atravesó la bolera con la agilidad de una bailarina, totalmente ajena al peligro. Una persona junto a mí, habitualmente muy calmada y comedida, le pegó un grito desesperado. La niña se asustó, se lo dijo a su hermano mayor y este avisó a su madre que vino enfadada a pedir cuentas. No entendía la madre que aquel grito que le salió del alma, era el grito de impotencia de un jugador consciente de la tragedia que podría haber ocurrido. 

Óscar Ruiz, febrero 2019.