APROXIMACIÓN ANTROPOLÓGICA AL JUEGO DE BOLOS EN PRADILLA DE HOZ DE ARREBA (VALLE DE VALDEBEZANA)

 

Pradilla fue siempre un pueblo de grandes jugadores de bolos, tanto cuando había una sola cureña como cuando en el último tercio del siglo XX se pusieron tres. Bonifacio Bueno y Jesús Alonso ganaron el Campeonato de España de Parejas de 1ªcategoría de Bolos Tres Tablones en el año 1973 y, más recientemente, Luis Fernández ha ganado el Campeonato de España de 1ª Categoría Individual en el año 2016. 

En este pequeño pueblo, los bolos castigaban a veces, sin piedad los cristales de las galerías de las casas vecinas. ¡Tal era el brazo de algunos de sus jugadores! Lamentablemente, en la actualidad, la bolera yace enterrada bajo un parque infantil.

En Pradilla nació también Andrés Quintanilla Ruiz, en 1950 y permaneció en las Merindades hasta que se marchó a Barcelona con veintitrés años. En la ciudad condal contribuyó a inaugurar la bolera de Bolos Tres Tablones en 1981. Andrés no solo ha sido un buen jugador sino que ha escrito libros sobre los bolos en su juventud e incluso ha diseñado una ingeniosa máquina recreativa de Bolos Tres Tablones.

Publico una breve reseña con interesantes textos de gran valor antropológico, extraídos de sus libros pero podéis leerlos o descargarlos vosotros mismos en este enlace:

La vida del juego de los bolos en nuestros pueblos

“Cuando rutaba la nube y la tormenta se posaba encima del pueblo, corríamos buscando refugio junto a nuestras madres y abuelas llorando de miedo. Aquel retumbar del rodar de las bolas de los ángeles por los precipicios del cielo, para nosotros pobres criaturas, parecía apocalíptico. Ellas nos consolaban haciéndonos creer que los truenos eran las bolas de los ángeles que rodaban por el juegobolos de los cielos o que los ángeles jugaban con los pastores en las alturas de los montes de Cielma y Tureña, por donde arreciaban las tormentas en el pueblo. Como de niño todo se cree, pronto cesaban los llantos y se secaban las lágrimas y aquel miedo se convertía en alegría gritando: ‹‹¡siete, mamá, blanca, tres, morra,…!›› según convenía al comparar el ruido de los bolos con el del juegobolos del pueblo.

Entre los chavales había que distinguir dos grupos: los pequeños hasta los nueve años y los mayores hasta los catorce. Cada grupo por separado tenía su propio juegobolos. La alegría que irradiaba el juego de bolos de los chavales al pueblo, es inimaginable hoy en día. Con aquel griterío, nadie se sentía viejo ni solo en el pueblo. A partir de los catorce años se pasaba a formar parte de los mozos del pueblo que el día de la fiesta adornaban el juegobolos como una novia para una boda.

En el juegobolos de los chavales solo ellos tenían el privilegio de poseer la propiedad y el patrimonio de las ideas. Ellos fabricaban sus propias bolas y bolos a golpe de hacha, azuela y barreno, importándoles poco su forma y agarradera. Pasaban horas muertas ensayando el tiro de la bola de mil maneras distintas cuando no boleando o calveando y, a veces, haciéndolas chocar en el aire hasta verlas rotas en pedazos. Algunos tenían su propio juegobolos en el corral de su casa para poder jugar los días de mal tiempo. En el disfrute del juego ensayaban esta o aquella idea: adelantaban o alejaban los cases del tiro, validaban la jugada del mico para abajo, tiraba para abajo de donde quedaba la bola, corrían detrás de la bola para pararla antes de que llegara a la viga y desde donde la habían parado tiraban para abajo, ponían el cuatro a calva detrás de los bolos segundo y último,… Ellos también decidían si se había de tirar a pie quieto, tomando corrida o a pie juntillas.

No parecía haber límites para los chavales y todas las reglas les parecían pocas.

En el mundo de los mayores tampoco había uniformidad en el juego ya que cada pueblo tenía sus propios rasgos a los que todo forastero se debía adaptar.

La viga de la parte de arriba del juego era un importante punto de referencia pues en ella se medían los mozos y también los chavales que aspiraban a ser mozos. Aquellas bolas que sonaban en la viga daban categoría: la talla del mozo, la talla de hombre. Era emocionante y espectacular poner el cuatro a la viga porque allí esperaban todos la llegada de las bolas, para ver la valía de los jugadores o las bolas agonizantes que morían antes de llegar a la tierra prometida.

A los bolos se jugaba en nuestros pueblos con el buen tiempo que solía comenzar en torno a la Pascua de Resurrección y se terminaba por el Pilar.

Los domingos, terminada la misa, el juegobolos se convertía en el centro de atención y espectáculo del pueblo hasta que se hacía la hora de comer. Toda la vida del pueblo estaba allí concentrada. Todo giraba en torno al juego de bolos y participaban todos, solteros y casados, de una manera u otra: unos animaban, otros hacían calle, otros tomaban cálculos y sentenciaban partidas, otros daban este o aquel consejo a los jugadores… y todo ello con el porrón de por medio que invariablemente pagaba los perdedores y bebían entre todos: público y jugadores. Tanta fuerza tenía el disfrute de los bolos entre nuestros jóvenes muchachos que todo el mundo comía a la velocidad del relámpago para incorporarse el primero al juego. Por la tarde, los bolos arrancaban desde las primeras horas con toda su intensidad, parando únicamente si tocaba el cura a rosario pero tras él, el juegobolos tomaba la revancha y solo la oscuridad de la noche los hacía retirarse.

El juego de bolos es (era) el rey de las fiestas de cada pueblo pero ese día los mozos y jugadores han de llevar el bolsillo caliente para jugar. La competencia es tan alta que al no haber sitio en el juegobolos para todos, se recurre a pujar dinero para conseguirlo. Las pujas en estos tiempos de los años 40, 50 y 60 no superan los 100 cuartillos. El dinero se medía con cuentagotas pues nuestra economía era de pequeña propiedad y de subsistencia y solo se tenía lo suficiente para pasar el año. Si llegan jugadores forasteros en plan de gallitos y con afán de quedarse con el juego, los naturales del pueblo no dudan en formar partida para enfrentarse a ellos. Si las pujas son altas y algún jugador no puede afrontarlas, no falta compañero de juego o simpatizante del pueblo que responda por él: ‹‹¡Qué nadie se apure por dinero. Si pierde pago yo!››.

Los mejores jugadores se agrupan en cuadrillas de cuatro ya no solo para medirse frente a otros jugadores sino frente a todo un público que eternizará en días de vida posteriores, los comentarios de ciertos triunfos o fracasos. La puja empezaba echando cuartillos de vino arriba: ‹‹¡Arriba con 10 cuartillos!, ¡25!, ¡uno más!, ¡40!, ¡100!, ¡aquí se juega un buey si hace falta, 125 cuartillos!, ¿nadie puja más?››.

La prisa por comenzar la partida era máxima, en parte por las ganas de jugar, en parte por evitar que la puja subiera (el dinero no fue nunca buen aliado del disfrute del juego de nuestros bolos). El cuartillo de vino de las pujas valía tres reales, de los cuales uno era para el juego y los otros dos para los ganadores. En esta partida también se incluía la bebida del juego. Los ganadores se quedaban en el juego y era de mal gusto no aceptar la revancha si los perdedores la pedían.

Si alguien puja muy alto y nadie acepta tal cantidad, entonces se quedará con el juego y dará comienzo una nueva puja que empezará de cero.

Como había mucha gente en el pueblo y no podían jugar todos, se ideó poner en práctica los novedosos campeonatos de bolos, en principio una copa para el ganador y más tarde para los tres primeros. El campeonato se hacía a bolo limpio, es decir sin cuatro, y con la obligatoriedad de que la bola llegase a la viga.

El ayuntamiento del Valle de Valdebezana al que pertenecía mi pueblo organizaba un torneo en el que participaban todos los pueblos del valle, estando representados cada pueblo por cuadrillas de cuatro jugadores que pugnaban por ganar la copa. Más tarde desapareció esta forma de jugar por equipos y pasó a jugarse de forma individual en todas las fiestas de los pueblos.

‹‹Este parece de Leva o Villavés o Virués o Villamagrín o Betarres››, se decía a los chavales cuando hacían una buena tirada para animarlos, comparándolos con jugadores míticos o legendarios que se sabía que había habido en dichos pueblos. De Virués le dijeron a Andrés que era Toribio  pero en realidad era de Betarres y un brillantísimo jugador de la primera mitad del siglo XX: famoso jugador, indiscutible calvista, seguro en el juego, arriesgado en los desafíos, hombre de destreza y enredo de los bolos en el cuatreo y de gran fortaleza y humanidad en el empuje de la bola a la viga. Siempre le acompañaban dos bolas que, a falta de coche en aquellos tiempos, llevaba en las alforjas del caballo. Sus grandes proezas en las tiradas y sus memorables hazañas en el juegobolos crearon el mito y la leyenda que le dio tal fama, prestigio y renombre. Su presencia en el juegobolos era admirada y temida por los jugadores (así lo contaban quienes le conocieron). Otro jugador excelente era el Zurdo de Villamagrín, pueblo de la Merindad de Cuesta Urria; junto con Toribio ocupan tronos paralelos en los altares de los dioses inmortales del Olimpo de los juegobolos de las Merindades. Hubo pueblos de los que salieron jugadores que alcanzaron fama de inmortales:

 El pueblo de Betarres dio a Pedrillo y a Faustino, pareja inseparable.

 De Virués era Balbino Martínez (“El jugador de Virués”).

 El pueblo de Villamagrín dio a Inocencio Díaz, el famoso “Zurdo de Villamagrín” que murió en accidente de tractor allá por la primavera de 1966.

 Los pueblos de Leva y Villavés, de la Merindad de Valdeporres, fueron conocidos como pueblos de jugadores ejemplares a imitar.

 Mi pueblo de Pradilla de Hoz de Arreba dio a los ilustres Jesús Alonso “el Cano” y a su compañero de pareja, Bonifacio Bueno “El Zurdo de Pradilla”.

Tureña tiene especial importancia para Hoz de Arreba porque a este monte, altura o meseta acudían antiguamente en verano los pueblos de la Ejecutoria de Pradilla para pastearlo con sus ganados. Tan suave debía ser el clima que allí hacía que los animales nada más sacarlos del pueblo subían sin parar hasta la peña de esta meseta. Los últimos pastores de vereda que se conocieron contaban haber jugado a los bolos en un juegobolos levantado por todos los pastores en el despoblado de Sobornedo. De este juegobolos, aquellos pastores bajaban a los pueblos innumerables cuentos y leyendas. Cuando arreciaba la tormenta desde aquel monte y los niños preguntaban por sus padres, los pastores, las madres para consolarlos les decían que 
los ángeles del cielo estaban jugando a los bolos, en el juegobolos de Tureña". 

Los dioses y mitos de nuestros jugadores de bolos 

“De los míticos jugadores de otros pueblos (Virués, Betarres, Leva, Villavés,...) sé muy poco pero hablaré de los de Pradilla ya que yo mismo fui compañero suyo en partidas mayores de cuartillos de vino.

Jesús Alonso “El Cano” era un jugador seguro y de mucha confianza, rara vez fallaba a los tres bolos y al tiro a calva al mico. Siempre tiraba de cierre o último en la partida (puesto dedicado a los más viejos y a los más seguros jugadores). No le gustaban los grandes desafíos ni las apuestas de dinero. Sí le gustaban las partidas de cuartillos pero se retiraba cuando las pujas eran muy altas. De gran formación física, en sus lanzamientos a calva a pasar la viga, no se conoció a nadie que le haya superado, ni nadie pudo igualarlo en la elegancia y soltura en el tiro de la bola.

Bonifacio Bueno, “El Zurdo de Pradilla” tenía parecidas cualidades y tiraba casi siempre el primero de la cuadrilla para dar ánimo a sus compañeros. También pasaba la viga a calva aunque tiraba una bola más ligera que Jesús. A ambos jugadores era un espectáculo verlos jugar, mandando los bolos surcando el aire y golpeando la bola en la viga que sonaba como el ruido de los truenos en el cielo.

En los años 60 cuando empezaron a jugarse los primeros campeonatos, no había domingo o fiesta de pueblo en que estos dos brillantes y míticos jugadores no llegaran al anochecer a Pradilla con alguna copa ganada por ellos. La prueba de la victoria la hacían saber al pueblo atronando el cielo con cohetes y mandaban a los chavales a voltear las campanas de la iglesia. Pronto acudía todo el pueblo a la taberna y allí se derrochaba vino y más vino.

Pradilla tuvo durante la primera mitad del siglo XX otros jugadores de gran importancia pero de menor rango. Jugadores muy respetados localmente y en la comarca cercana. Tales fueron Don Carlos Fernández, cura párroco del pueblo, Don Hermógenes Gallo, maestro del pueblo. A estos les sucedió Urbano Alonso, padre de “El Cano” y a mitad del siglo Manuel Alonso, primo de Urbano.

Don Carlos era un cura muy pudiente que tenía en Consortes una hermosa huerta con vivienda y juegobolos particular. El día de Pascua de Resurrección hacia llegar a su huerta a todos los curas de pueblos cercanos, para comer cordero asado y divertirse jugando a los bolos. Para tal día mandaba fabricar bolas nuevas a los monaguillos de Pradilla.

Don Hermógenes también era un conocido jugador y se destacaba porque animaba a sus alumnos a jugar a los bolos entre otras cosas para que ejercitaran la cuenta y suma de los bolos caídos en las partidas. Entre el párroco y el maestro cambiaron el juego de lugar a principios de siglo XX desde la entrada del pueblo al centro que es donde se encuentra actualmente. Don Hermógenes acabó sus días asesinado la noche del 10 de septiembre de 1936 por las hordas fascistas y Don Carlos terminó dando la confesión a nuestros jugadores soldados republicanos en la cárcel de Burgos, muriendo anciano en los años 40.

Contaba Urbano Alonso que en los agestiaderos de los montes de Pradilla, había juegabolos en los que los pastores echaban buenas partidas mientras los animales descansaban. Su primo Manuel Alonso era también muy buen jugador y tenía grandes anécdotas, una de ellas muy famosa en el día de la feria de San Lucas en Soncillo. Cuenta Manuel que Balbino Martínez conocido como “el Jugador de Virués” entró a eso de la media tarde en el juego particular que tenía el tabernero Aquilino y colocándose en la viga se dirigió a todos los presentes con estas palabras: ‹‹Busco un valiente para jugarle un caballo mano a mano››. Entonces, Manuel que estaba un poco dolido por aquella gallardía salió al terreno de juego y le dijo: ‹‹En estos pueblos somos gentes pobres y no podemos jugarnos un caballo pero si se atreve yo mismo le juego una cántara de vino para todo el público aquí presente››. Al poco salió Aquilino con la cántara de vino al juego, gritando: ‹‹¡ Jugadores y gorrones. Todos a beber!››. La partida dio comienzo y Manuel ganó el desafío.

Ramón, natural de Perros (pueblo hecho cenizas por un incendio) y Urbano, natural de Torres de Arriba (pueblo borrado del mapa por un bombardeo de la guerra civil) eran grandes contadores de míticos relatos de bolos.

El último campeonato que se celebró en San Martín del Rojo fue en 1973 y la copa la ganó Manolo,  un pastor que al igual que su hermano, era un gran jugador de cierre.

En Manzanedo, 
en los años 60, una bola le rompió la pierna a una muchacha al cruzar el juegobolos y me contaba Epifanio Sainz, natural de Hoz de Valdivielso, que en Tartalés de los Montes un lanzamiento a calvear mató a un jugador, al caerle la bola en la cabeza. 

Un jugador llamado Protógenes del pueblo de Tudanca de Ebro, mandó construir una caja de tres dedos de gruesa e hizo meter en la misma una bola, el mico y tres bolos para jugar, después de la muerte, en el cielo con los ángeles.

Cuando estuvo en Barcelona, Andrés se enteró que Dativo y Felicísimo de Población de Arreba habían montado una bolera de un solo tablón en los años 50 en el barrio de Horta, en donde estuvieron durante siete años hasta que hubo una expropiación forzosa. Más tarde, en 1981, él junto con otras personas crearon una bolera de Bolos Tres Tablones, en el Parque de L´Escorxador”.