Por mi edad, tuve la suerte de conocer una admirable manera de jugar a los bolos que aún retengo en mi memoria: la mayoría de los jugadores echaban el brazo atrás, doblaban los riñones y tiraban la bola casi a ras de suelo, cogiendo los bolos al aire. Eran los tiempos de los jugadores bravos; era un verdadero espectáculo verlos jugar.
Sin embargo, todo cambió con la emigración a las ciudades. Comenzó a aumentarse el tamaño y peso de la bola, así como a reducirse las distancias de tiro. Aparecieron, asimismo, las primeras cureñas metálicas. Todo se volvió más sencillo, más fácil. Incluso empezaron a proliferar jugadores con un estilo calveado, casi cercano al de los jugadores de petanca. En consecuencia, la belleza del juego se resintió.
Esta es la razón principal por la que organizamos un campeonato histórico que trata de evocar aquella ensoñadora manera de jugar, en la que creo que deberían iniciarse los niños y niñas de las Merindades.
El juego de los bolos en las Merindades forma parte de nuestra cultura más ancestral y tres pilares deberían contribuir a su recuperación:
Una escuela de bolos activa.
Unas instituciones colaborativas.
Unos jugadores dispuestos.
Sin embargo, a pesar de que hay alguna iniciativa esperanzadora, absolutamente todos estos pilares se tambalean, y las razones van desde la desidia hasta la aculturación.
Óscar Ruiz, marzo de 2017.