Hacer de los bolos una fiesta en sí mismos

Lejos quedan aquellos tiempos en que las tardes de las fiestas de los pueblos se centraban en los bolos y el baile. Los veraneantes y los tiempos modernos aportaron nuevas costumbres y a los bolos les empezaron a salir nuevos competidores; que si la rana, que si la tuta, que si actividades de las más diversas… Evidentemente aquellos jugadores antiguos poca atención prestaban a estas nuevas tendencias; lo suyo era los bolos y miraban con cierta displicencia estas novedades, pero pasaron los años y aquellos jugadores de añejas costumbres fueron desapareciendo y los mozos “modernos”, en sus lícitas ansias por obtener dinero para financiar las fiestas, acogieron estas nuevas prácticas. Los bolos, inevitablemente, empezaron a perder espectadores que se dispersaban entre las diversas actividades (todas por supuesto igualmente respetables). En consecuencia, los bolos decayeron y en muchos pueblos desaparecieron.

De los pocos pueblos en los que, actualmente, se juega a los bolos en las fiestas nos encontramos dos tipos. Aquellos en los que intentan mantener la tradición pero se las ven y las desean para encontrar gente que quiera apuntar, plantar o arbitrar por el cúmulo de opciones alternativas que hay y aquellos otros que, por el contrario, hacen de los bolos el motor de la tarde del día de la fiesta.

A los segundos poco puedo decirles pero a los primeros les diría que, aunque alabo el intento de mantenerlos, los bolos merecen un respeto y que si no se les atiende bien por haber programado a la vez tantas actividades, lo mejor es sacarlos de las fiestas y con calma, cualquier otro día del verano, hacer de los bolos una FIESTA en sí mismos.


Óscar Ruiz, julio de 2016.